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Pensamientos de un loco: Santos Rojo


“El tamal (del náhuatl tamalli) es un alimento de origen precolombino, de las culturas mesoamericanas, preparado generalmente a base de masa de maíz o de arroz rellena de carnes, vegetales, salsas y otros ingredientes”

Hay unos tamales característicos de la ciudad de Saltillo, Coahuila


La comida tenía un sabor particular, poco habitual o familiar, mejor dicho; una mezcolanza y efusión de sabores exquisita que hacia regresar para no volver.

Al caer el ocaso se veía cómo transitaban en las calles enormes cestos que contenían tamales en las cálidas manos de un hombre que siempre acudía desde los lugares más recónditos de la ciudad de Saltillo a su lugar habitual en el costado de la catedral, ya que ahí era el auge de su oficio.

El hombre afamado por su dicha culinaria fue apodado como “El tamalero del santos rojo” debido al callejón aledaño a la catedral que tenía este nombre.

Este personaje característico se daba a notar cuando el gruñido animalistico lo anunciaba

“¡Tamales, hay tamales!”

Y la jauría de gente llegaba a quemarropa para devorar como si se tratase de un antílope en las fauces de un carroñero.

Había una variedad indiscutible de sabores tanto salados como dulces, pero, el que terminaba de una manera casi inimaginable era los de res, en unos segundos se terminaban las canastas de este personaje característico.

Los comensales decían, juzgaban y hasta el del paladar más exigente rendía devoción a dicho platillo, una exquisitez dentro de los molares de un mortal. Podría sonar excéntrico pero, la fidelidad de los comensales lo respaldaba.

La rutina de aquel hombre que salía por las tardes hacia  el callejón, era impecable, pero, cada día tenía menos comensales.

Sus clientes fieles desaparecían como si se tratasen de fantasmas o como si solo hubiesen sido extranjeros.

Sin embargo, los vecinos no prestaban atención a dicho acto, pues, para ellos era una fortuna porque tendrían más de ese delicioso producto.

Un día, una familia de extranjeros llegó a visitar la ciudad de Saltillo porque era el cumpleaños de su hijo y querían visitar algunos familiares. Aprovechando, los padres fueron al centro para comprarle un regalo: un anillo de plata.

En uno de sus días de vacaciones en la ciudad el hijo de ellos se había extraviado precisamente en el centro de la ciudad. Pasaron los segundos hasta que cayó el manto estelar habiéndole parecer una eternidad a los pobres padres, después de deambular por toda la zona, sintieron el famélico calor de sus estómagos y escucharon el rugir del “Tamalero del Santos Rojo”.

Se tomaron un pequeño receso para agarrar fuerzas. Habían pedido una docena, la esposa fue por unos refrescos y comieron en la calle del “Santos Rojo” empezaron a desojar y el aroma hacia derrochar las papilas gustativas de los dos y tras el primer bocado que posaba sobre el paladar y recorría hasta sus estómagos encantaba por un momento y, por un segundo, quedaron en una reflexión en la cual les dio un poco de paz.

Sólo quedaba un tamal y decidieron compartirlo. Lo desojaron; cada quién agarro un extremo del tamal pero vieron algo extraño en el centro:

Un pequeño brillo que brotaba. Al observar de cerca notaron que era el anillo de su pequeño hijo.

En mi opinión la gente nunca desmintió este hecho, pero, tampoco lo verificarán por la vergüenza de decir que algún día saborearon la carne humana…

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