Cultura

SAN FRANCISCO DE ASÍS EL GRAN IMPULSOR DEL PESEBRE

Era la Nochebuena del año 1223 y Francisco de Asís se dispuso a celebrarla de una manera original. Esta vez la misa sería en el bosque del pueblo de Greccio, al noroeste de Roma, y contaría con un pesebre viviente. Hacía dieciséis años que Inocencio III había prohibido las representaciones teatrales inspiradas en hechos bíblicos porque muchos se tomaban la licencia de distorsionar los sucesos; sin embargo, Francisco consiguió el permiso del Papa Honorio III para realizar este acto: en esta oportunidad, no iba a participar ningún actor. Solamente, una mula y un buey.

Los pastores y frailes asistieron con antorchas y cirios encendidos. El primer biógrafo de san Francisco, fray Tomás de Celano, aseguró que parecía pleno día por la profusión de luces que había allí. Se dispuso un altar frente a una cueva en donde estaban los dos animales y un pesebre con heno. Era la escenificación de la Nochebuena. Durante la homilía, los asistentes aseguraron que habían tenido la visión del Niño Dios sonriente en brazos del santo. Los cánticos de los presentes y los cencerros de las ovejas que se oían a lo lejos acompañaron toda la celebración.

Se dice que una vez finalizada la misa, el heno que había sido colocado sobre el pesebre se conservó para darles de comer a los animales de la región que se enfermaban y, milagrosamente, estos se curaban al poco tiempo. También que se ponía un poco sobre las mujeres que tenían partos largos y dolorosos, y entonces las complicaciones cesaban.

Según la tradición, este es el origen de la costumbre familiar de armar el pesebre en Navidad, pero muchos investigadores descreen de que haya sido Francisco quien inició las escenificaciones del nacimiento en Belén.

Fueron innumerables los hechos a lo largo de la historia que inspiraron esta práctica navideña. Anteriores a san Francisco, surgieron las figuras esculpidas y pintadas en las iglesias para adornar el altar en Navidad, junto con flores y plantas.

En la era del Barroco, los pesebres entraron por la puerta grande: con frecuencia, las familias de la aristocracia tenían uno en el oratorio o la capilla de su palacio para adornar el altar en Navidad. El rey Carlos III de España (1759-1788) fue un aficionado a los pesebres y su influencia sobre la corte hizo que entre los nobles se fomentara su adquisición. Las estatuas recreaban tanto a las personas sagradas como a personajes cotidianos y se los revestía con trajes contemporáneos, símbolo de que el Niño nacía entre ellos.

El pesebre se hizo popular cuando se lo empezó a armar en los hogares y se volvió imprescindible para celebrar la Navidad en familia.

Los “nacimientos” variaron según la época y la región, como se puede apreciar en la exposición “El pesebre de Belén. Entre lo sagrado y lo festivo” del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, que cuenta con figuras del siglos XVIII al XX.

Aunque hayan cambiado a lo largo de la historia, siempre asombraron y conmovieron porque –en palabras del Papa Francisco- manifiestan la ternura de Dios, que “se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos”.

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